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Playa La Pelosa Cerdeña
Italia



La Pelosa Cerdeña
Si no fuera por los enebros y por toda la variedad de plantas mediterráneas que se extienden a su alrededor –por supuesto, ni rastro de palmeras–, creeríamos haber llegado, tras recorrer una carretera sinuosa repleta de imposibles curvas, a algún lugar recóndito del Caribe. Pero aquí el viento sopla con fuerza y quienes pasean por la orilla hablan, en su mayoría, italiano. Son turistas patrios que saben bien que Cerdeña esconde parajes como éste, vírgenes y olvidados, al que los autores de las guías de viaje más prestigiosas ni siquiera han llegado para poder contarlo.

Para muchos, la playa de la Pelosa es su particular secreto en la isla. No está en la codiciada Costa Esmeralda, pero sí, como ella, en el norte, aunque en su lado oriental, en esa punta casi desgajada de la costa sarda que mira de frente a las islas de Piana y La Asinara. El escenario cumple con todos los cánones exigidos: el agua es azul turquesa, la arena nívea y sus dimensiones, las justas, para que no llegue nunca a masificarse, por mucho que cada vez sean más los que hablan de ella como una auténtica revelación en los foros de Internet. Daremos unas pistas más: pertenece a un pueblo de pescadores llamado Stintino, en la provincia de Sassari, donde, a pesar del oficio mayoritario, se celebran con gran entusiasmo las fiestas en honor a San Isidro, en el mes de mayo. Una pequeña aldea a 30 kilómetros de Porto Torres y a escasos 50 de Alghero, ciudad repoblada en sus tiempos por colonos catalanes, que recibe un apodo muy reconocible en España: la Barceloneta.

Larga tradición pesquera



Es, precisamente, de Al-ghero de donde parte, junto a sus murallas, la carretera que conduce a Stintino, del sardo s’isthintinu, que quiere decir “intestino”, que es en realidad la forma que tiene la ensenada, como de pasadizo estrecho, sobre la que se recuesta el pueblo. Fue fundado en torno al año 1885, cuando unas 45 familias de pescadores que vivían en la isla de Asinara fueron obligados a desalojarla. Antes de ser declarada Parque Nacional, la isla fue utilizada como un refugio para enfermos en cuarentena, prisión de soldados durante la Primera Guerra Mundial y cárcel de máxima seguridad en los últimos años 70. Cerca del mar, a pocos kilómetros del centro, aún perduran las antiguas fábricas de atunes, cuya captura era una de las principales fuentes de ingresos de Stintino hasta bien entrado el siglo XX. Hoy han sido reconvertidas en centros turísticos y recreativos, aunque, cada verano, el Festival del Atún que se celebra en el mes de junio recuerda esta antigua tradición, también muy presente en un museo que guarda una interesante colección de documentos y objetos que sirven para explicar cómo se pescaban estos gigantes del mar. Hoy, mirando hacia el horizonte desde la playa de la Pelosa, lo único que se distingue son las velas de colores que sujetan quienes practican windsurf, uno de los deportes acuáticos más populares en la zona, con escuelas repartidas por toda la costa, sobre todo en torno a Porto Mannu, el puerto grande, y Porto Minori, el puerto viejo, donde fondean embarcaciones de recreo.

Una torre nos vigila

Pero estamos en Cerdeña y eso quiere decir que, a buen seguro, cerca de la playa habrá alguna torre de vigilancia. No hay que buscar mucho. La Torre della Pelosa, imponente construcción del Seicento, lo domina todo, Mediterráneo y paisaje. En sus tiempos formó parte de esas estructuras fortificadas que, desde la Edad Media hasta el siglo XIX, formaron parte en todo el litoral de Cerdeña de un sistema defensivo de alerta ante posibles ataques.

Su posición era estratégica y muy adecuada para controlar el tráfico de buques de la mar afuera en dirección a la costa baja y arenosa del Golfo dell’Asinara. Está construida con esquisto, la piedra típica de la zona, y, se supone, que para subir a ella eran necesarias escaleras de cuerda, ya que su altura debía de ser el doble de la de ahora. Lejos de imponer, lo cierto es que este baluarte proporciona al entorno un toque nostálgico que le sienta realmente bien. Su color oscuro destaca sobre las aguas transparentes de la playa, que reflejan su silueta en un intento de devolverle la longitud que un día perdió. Contemplar el atardecer, con la torre recortada en el cielo, puede resultar una imagen de recuerdo perfecta para revivir la magia del escenario a nuestra vuelta a casa.

Refugio de asnos y aves



Pero antes de volver hay que explorar el entorno. Y ahí está Asinara, justo frente a la playa, casi tocándola. No se puede llegar a nado ni siquiera visitarla a nuestro aire. Es un Parque Nacional y, por tanto, las visitas han de ser siempre guiadas y controladas. Desde la localidad de Stintino parten los barcos que llegan hasta la isla, cuyo nombre representa una derivación del vocablo “asno”, ya que aquí existe una especie endémica de burros albinos que, como el Platero de Juan Ramón Jiménez, parece que fueran todo de algodón. Pero existen muchos más habitantes: muflones, jabalíes y aves rapaces que sobrevuelan el rocoso terreno volcánico cubierto de un bosque de encinas y la tradicional macchia mediterránea de arbustos y matorrales. Su cota más elevada es la Punta della Scomunica, un maravilloso mirador con nada más a la vista que ese gran azul que pintan el cielo y el mar.





 

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